Autobiografía
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Autobiografía
Matías Cerda* / Hijo de padres que migraron desde el sur de Chile hacia Santiago. Soy el menor de 3 hermanos: niño rebelde, sin miedo, acusado de loco y de problemas psicológicos por vecinos, otros niños y algunos familiares; asimismo por una escuela, en la que recomiendan cambiarme a una "escuela especial" acompañado del consumo de una que otra droga para "niños especiales".

A pesar del funesto panorama, fui acogido por un profesor que creyó en mi, que tan sólo vió dislexia e hiperactividad. Su dedicación y cariño me moldearon, y la institución en su conjunto provocó un giro de 180° en mi modo de ser.

No fue malo, me permitió ordenar las ideas dispersas y alinearme a la sociedad. Sin embargo, reprimir la locura se tradujo en una adolescencia tímida y con muchos miedos: siempre cauto, refugiado en historias fantásticas del otro lado del Pacífico; devoré libros que me llenaban esas fantasías y al mismo tiempo crecía mi imaginación y mi interés por el mundo. Tuve una adolescencia típica, pero de la minoría, del Freaky, el rarito que no hablaba mucho y siempre anda con algún cómic o libro, que jugaba videojuegos y escuchaba Hard Rock; con un despertar sexual en solitario, mirando a otros con timidez y mucha distancia; una baja autoestima y un mundo inventado para poder regocijarme en los laberintos de mi cabeza. Tuve pocos amigos, pero aún los mantengo desde esas épocas, los mismos con los que compartía juegos de fantasía como el rol medieval y la música.

Esta mezcla de procesos me orientó a buscar mi lado más sensible, ese que no sabía explotar, quería buscar algo que me definiera: tenía un lado artístico, caricaturesco; siempre me gustó la tranquilidad que te entrega un bosque y las bicicletas. También me encantaba leer sobre gente del pasado, sobre sus cosas y sus vidas, sobre elementos que fueron clave en todos los tiempos. También fue relevante la imagen que se me presenta del ser profesor, con dos profesores que me inspiraron a creer que este mundo secreto se podía compartir y que muchos se encontrarían, quizás, en la misma situación: entré a la universidad a estudiar Pedagogía con mención en Historia y Geografía. Me fascinó el perfil que describía una universidad y me matriculé ahí. Todo el proceso de vida académica me volvió a dar un giro de 180°, desde otro ángulo: lo rebelde, sin miedos, freaky y la locura de la que se me acusó cuando niño, cobró sentido en esta etapa de mi vida. Se volvía necesario estar en ese sitio, ahora más canalizada esa locura dispersa, de querer vivir y respirar otros mundos, realidades; de devorar las páginas y las memorias de la historia, esos diálogos inagotables con muchas personas que vivieron sus vidas con altos y bajos. Fue una época de redescubrimiento.

Conocí a mi actual pareja -quien comparte esta peculiar forma de ver el mundo, tan insurrecto y absorto, retraído y alegre- en un Museo Interactivo. Desde aquí, ha sido mi mejor apoyo, porque hemos construido un mutualismo verde, gracioso, con mucho sarcasmo frente a las injusticias y de un gusto sibarita por disfrutar de las pequeñas cosas. Deseamos movernos como nómades siempre, porque a ella le gusta conocer tanto como a mí: tiene la avidez de una aventurera que no cuelga sus botas. Por lejos, en este momento, ha sido mi mejor aprendizaje, porque es un diálogo de nunca acabar.

Titulado, con un cartón que me acreditaba como profesor, mi vida laboral -y ya de adulto- se ve completamente influenciada por los ideales. En un momento dejé de creer y respirar: esta dialéctica entre trabajo, vida y filosofía me hacía perder la cabeza en aras de un discurso único e inquebrantable, de esos que se vuelven casi fundamentalistas, prejuiciando a quienes no están en la misma situación, construyendo valores adversos a la locura que siempre soñé. Sí, me había corrompido porque me gustaba mi sitial de poder, lo que ganaba y como se daban las cosas. Casi pierdo la cabeza negando, casi pierdo a mi familia, a quienes más quiero, por creer en que es de valientes cambiar mi vida por otra, huyendo de los problemas. De valientes es saber decir que no en el momento adecuado; tardé mucho en darme cuenta, debido a la ceguera. Pero mi mano compañera, cálida y tierna, me quita la venda.

Un duro revés en esa carrera de logros frívolos, me hizo ver nuevamente lo trágico del alineamiento: cuestionando el orden que me daba poder, dejé de trabajar en ese lugar y busqué nuevos proyectos, algo que tuviera sentido para lo que creía. Dejé de lado la comodidad: apareció una oportunidad para locos, de esas que te dicen que vivas tú vida sin pensar tanto, arrójate al mundo, decía. No vacilé en tomar la decisión: es así que hice mis maletas, -después de haber ganado un concurso de Gobierno- y terminé creyendo en que puedo comenzar de cero, otra vez.

* Matías Cerda és alumne del Màster en Educació en Valors i Ciutadania de la Facultat d'Educació de la UB.

Març 2018


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