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La Peste
opinió
La Peste
Mariano Royo / Usted es capaz de morir por una idea, eso está claro. Yo, en cambio, estoy harto de la gente que muere por una idea. Yo no creo en el heroísmo, en el fondo, es criminal. Es preciso que le haga comprender que el heroísmo no es el tema. Lo importante es la honestidad. ¿Qué es la honestidad? Hacer bien mi oficio, salvar vidas. Albert Camus

El 4 de enero de 1960, Albert Camus Sintes murió en un accidente automovilístico. En su cartera llevaba una novela inacabada, El primer hombre, claramente autobiográfica.

Él mismo es el primer hombre de la familia: a los dos años su joven padre había muerto en el frente de la Gran Guerra, antes de que pudiera llegar a ser hombre completo. Su madre sobrevivió limpiando en casa de otros. Una humilde familia, poderosa, tierna, poco capaz de verbalizar el profundo amor que los une, poco inclinada a quejarse de su suerte. Unos pied-noirs compartiendo su digna pobreza con los árabes, comprometidos de forma sencilla con su patria, más madrastra que madre, que se llevó a su padre pero que también le proporcionó una escuela pública y un maestro que protegió y orientó su genio.

"...Lo único que había podido ver y experimentar en materia de moral es simplemente la vida cotidiana de una familia obrera en la que nadie había pensado nunca que hubiera otras vías fuera del trabajo más duro para obtener el dinero necesario para vivir. Pero ésta era una lección de coraje, no de moral."

En 1957 recibió el premio Nobel por obras como El Extranjero (42), El Mito de Sísifo (42), Calígula (45), La peste (47), Los Justos (49), El hombre rebelde (51).

La peste es una metáfora de la dignidad y valor de vida humana en el siglo XX, tras dos guerras globales –mejor así-- en que la vida de los soldados no valía nada y la vida de la patria lo era todo. Una cuestión de valores.

En el interior de Oran cercada por la epidemias se descubre el absurdo de la vida que busca y no encuentra su sentido. "La peste nos pone a prueba. De pronto la seguridades, las certezas, parecen esfumarse". Ni la racionalidad ni la religión nos lo proporcionan, sólo el derecho y el deseo de ser feliz. La muerte de Dios, que profetizó Nietzsche, nos ha dejado huérfanos, como el propio Camus, y eso nos ha reportado una inmensa responsabilidad, porque ahora somos libres.

Sólo en esa situación es posible hablar de una ética auténticamente humana.

Es una libertad obligatoria: el huérfano la cambiaría por protección, por ser hijo, por un hogar cálido y tranquilo, por una patria que le proporcionara una determinada dignidad de ser. Pero no es el caso: nuestra dignidad es precisamente la profundidad de nuestra responsabilidad.

No nos sirve de mucho que la dignidad provenga de una identidad de DNI , o de la que proporciona una profesión digna, una clase social digna, un nivel económico digno. Algunos personajes de La Peste sólo piensan en escapar, otros se cierran en casa y se niegan a la ayuda, otros incrementan las multitudes que llenan la catedral de Oran para oír los sermones del Padre Peneloux.

Ante un niño que muere por la peste Peneloux dice:

- Debemos amar lo que no podemos comprender.- Este al menos era inocente.
- No padre, no, responde Rieux. Bien lo sabe usted. Yo tengo otra idea del amor y estoy dispuesto hasta la muerte a negarme a amar esta creación donde los niños son torturados"


Esa injusticia deja a Dios fuera de cuadro. Se atribuye a Dostoievsky que "si Dios no existe todo está permitido". Pero no es que se haya acabado la moral, dice Camus, sino más bien que nuestra moral es más exigente que la suya. "Hay en los hombres más motivos de admiración que de desprecio".

En la ciudad apestada que también describía unos años antes Thomas Mann en Muerte en Venecia, y también en La Montaña mágica, todavía se distinguen los aristócratas viajeros y los villanos o criados que los sirven o divierten con canciones burlonas. En La Peste las clases sociales se igualan. En Oran no se distinguen apenas los árabes de los franceses colonos. Todos son iguales ante la muerte o ante la pobreza. La igualdad es esencial: todos moriremos, todos compartimos el sinsentido de la existencia humana. Ese absurdo brilla cuando pensamos en qué quedará de nuestros esfuerzos, de nuestras tardes de felicidad entre amigos, de nuestros amores, de las ideas que hemos construido, enseñado, compartido o reservado para nosotros mismos.

El tiempo pasa y todo lo devora. Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar /que es el morir, decía Jorge Manrique, aquel existencialista avant la letre. Marcel Proust nos enseñó que en la infancia tenemos un fundamento sólido donde agarrarnos. Un paraíso original existencial, propio, que nos identifica. Pero la infancia entre algodones de Proust que sufría por la noche en que mamá no venía a darle el beso de despedida. La de Camús viendo la dignidad de su bella madre viuda, cansada de limpiar en casas ajenas. "Sin mi infancia no hubiera sido lo que soy", declaró. "El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento".

El existencialismo describe la existencia del hombre como un ser ahí, es decir alguien que se encuentra en el mundo, o con un mundo de cosas que se dan a él, en el sentido de que posibilitan que se transcienda, que salga de sí mismo y se dé al mundo. El hombre está así abierto al mundo y el mundo abierto al hombre.
Dos sistemas que se que se corresponden, que retroalimentan.

Saint-Exupery, el aviador que murió en una misión de combate en la segunda Guerra mundial hablaba de heroísmo, de entrega. Ante un personaje que habla de este tipo de valores Rieux le responde:

"-Usted es capaz de morir por una idea, eso está claro. Yo, en cambio, estoy harto de la gente que muere por una idea. Yo no creo en el heroísmo. El heroísmo es muy fácil. He llegado a convencerme de que, en el fondo, es criminal. (...) Es preciso que le haga comprender que el heroísmo no es el tema. Lo importante es solamente la honestidad. ¿Qué es la honestidad?" Le pregunta su amigo Lambert. La respuesta de Rieux es sencilla y práctica: "Hacer bien mi oficio, salvar vidas".

El mundo es arisco, innegociable, imprevisible, cruel. No existe el hombre que sintonice con el mundo, el hombre tranquilo. "Los hombres mueren y no son felices". Uno puede preferir la felicidad a la justicia, pero el Dr. Rieux, escoge quedarse en Oran a ejercer su oficio de médico antes que irse de la ciudad apestada para cuidar a su mujer. Sin premios, ni promesas de paraísos.

Ha nacido pues una nueva visión de la moralidad sobre las de diseño catequético o alienatorio. Una moralidad nada heroica, pero sí leal. Esa actitud también la exhibió el mismo Camus ante la guerra de Argelia que dividía su ser hombre entre ser argelino o ser francés.

Març 2020


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