La nube
La nube
Ernesto Bravo / "La nube" és un relat que ens parla d'amor, repressió, desarrelament i desesperança. Una història de ficció però molt real, amb personatges que van existir i que simbolitzen una generació de xilens que van viure l'esperança d'un canvi i l'horror d'una dictadura. Escrit amb el llenguatge universal de la malenconia.

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El otoño se hace notar en el puerto de Valparaíso, más aún en las noches cuando el vientecillo húmedo de abril te va calando los huesos. En esas noches, las estrellas brillan con tal intensidad que parece que se confunden con las miles de lucecitas que emergen de cada rincón de los cerros, de sus callejuelas, de sus pasajes silentes, de sus casas adormiladas.

Mi casa es una de las tantas que, cabalgando en las faldas de un cerro, desafían en un difícil equilibrio a esas quebradas que hoy dormitan plácidamente pero que rugen en las noches del invierno porteño con sus interminables lluvias impredecibles. Desde la ventana de mi habitación se divisa el puerto, los muelles, los barcos fondeados en la bahía y el resplandor de un faro lejano o de algún vehículo militar que vigila el toque de queda. Nada parece vaticinar lo que vendrá a despertarme y cambiar para siempre ese paisaje portuario.

La voz del soldado cuyo rostro se disfraza con esos tintes de guerra que tanto impresionan en el cine vibró imperiosa:

─ Vístase y no haga preguntas, está detenido según lo establecido en las leyes excepcionales del estado de emergencia.

Mi madrina con el miedo reflejado en sus adormilados ojos intentó acercarme una manta para que la llevara a mi incierto destino, pero la misma voz del cara-pintada vociferó:

─ ¡No hará falta eso, señora!. Es sólo un trámite que durará una par de horas.

Con la conformidad del que sabe que no puede cambiar, al menos de momento, el curso de su historia, encaminé obedientemente mis pasos hacia el vehículo que esperaba con el motor en marcha. Ese sonido de su motor me iba a acompañar en mis noches de encierro y luego en los insomnios del exilio.

El vehículo era una camioneta descapotable. Sentado con los ojos fijos en mi atolondrada humanidad un cara-pintada vigilaba cada uno de mis gestos, mientras otro a mi lado jugueteaba con su metralleta. Las calles desiertas iban desfilando frente a mí y parecía que estaba en otra ciudad, en un puerto desconocido a pesar de que unas pocas horas antes había transitado por sus avenidas. Al llegar al centro un remolino de perros ladró al paso de la patrulla y despejó mi estado de semi-aturdimiento: Estaba frente al balcón de tu piso, Roxana. Si supieras que mientras tu navegas por los océanos impredecibles de los sueños yo voy por los caminos sin retorno del horror y el desconsuelo. Cuando los perros ladran ya en la lejanía y la camioneta se acerca a su objetivo, el soldado que está a mi lado me enfunda una capucha negra y me esposa en silencio. Negrura y silencio. Entonces, te recuerdo desde la oscuridad más absoluta de la capucha que parece que corriera el telón de una función de cine trasnochada.

Estabas radiante esa tarde, la anterior a mi desgracia. A pesar de las limitaciones del estado de sitio habíamos hecho planes para el fin de semana: un paseo por la costanera donde siempre encontrábamos un rincón sombreado, oculto, que invitaba a las caricias, suspiros y promesas como todas las que se ofrecen cuando el enamoramiento se hace carne y escarmienta el alma.

─¿Te acuerdas cuando nos conocimos? Te pregunté alborotando tu pelirrojo cabello entre mis dedos.

─ Si, fue por culpa de un chicle. Ese chicle que había dejado pegado a un costado de la mesa y en el que tú quedaste adherido. Respondiste muerta de la risa.

En verdad yo ya había quedado adherido a ti mucho antes. Fue en la clase de historia medieval cuando al mirarte a los ojos descubrí en ellos una nube de estrellas, mientras masticabas un chicle..

─ Por favor no me recuerdes el siguiente paso en mi estrategia de seducción…

─ ¡Si pos! Escribiste eso de "amar es tener que masticar chicle…" Que cursi para un militante tan comprometido como tú y admirador de Neruda…Esa vez no permití que siguieras burlándote de mis tácticas conquistadoras y sellé tus labios con un beso interminable.

No teníamos mas planes que los de intentar sobrevivir a una dictadura que había fracturado en dos no sólo a una sociedad sino que también había quebrado tantos proyectos personales, marginando tantas ilusiones como fomentado conversiones hacia el nuevo orden. Ese sobrevivir cada día, aguantando las malas noticias cotidianas tenía un nombre que para algunos era solo una acepción política: "resistencia". Y para nosotros, como para un sector de esa generación perdida, esa resistencia era amar y repartir algunos panfletos incendiaros a la salida de la universidad o en el mercado, jugándonos el pellejo. Aferrarse al presente sin pensar demasiado en el futuro era nuestro credo.

El "trámite" duró seis meses. El centro de detención era como lo había imaginado o como me habían relatado algunos compañeros que habían caído antes. Una gran sala donde nos hacinábamos una cincuentena de detenidos en espera de ser enviados a la cárcel – en el mejor de los casos-, un campo de concentración en el desierto o la liberación que a veces se convertía en una nueva detención o en la desaparición sin rastro… Por las noches te despertaban los gritos del terror, signo inequívoco de que la población carcelaria había aumentado pues la ceremonia de iniciación pasaba por lo menos por la pícana. Allí conocí el rostro de la solidaridad y de la delación. Cultivé el difícil oficio de distinguir los matices inclusive en las situaciones más límites. En suma, aprendí a madurar.

El retorno a la vida, traspasando esta vez de día, el muro de la prisión fue alucinante. Después de vivir a la sombra y encontrar que la ciudad está plena de vida, de buses con mujeres, niños, hombres, viejos, jóvenes…aturde en un primer momento. Luego, el ritmo loco del tránsito, el olor del mar, la visión del puerto luminoso da la falsa idea de que estás en libertad. Tras seis meses de incomunicación sólo con alguna carta de la familia más cercana, cartas que sabes han sido violadas por los ojos del censor hacen que el síndrome del pájaro liberado te invada las primeras horas.

Había regresado a la vida normal. Pero no formaba ya parte de ese paisaje. Lo entendía cuando paseaba por las calles del puerto y nadie me dirigía la mirada, ni siquiera esos amigos circunstanciales con los cuales compartías unos minutos de charla al paso…Y lo peor, nadie sabía de tí, Roxana. Te esfumaste como niebla cuando se hace presente el sol. Unos decían que volviste al pueblo de tus padres, otros que emigraste al extranjero en compañía de un acaudalado abogado…El teléfono de tu piso nadie lo atendía, el balcón estaba cerrado y los visillos de las ventanas ensombrecidos. Es como si el capuchón que me privó la visión de tu balcón en esa noche maldita hubiese borrado tu existencia. Entonces, comprendí que la nube del desarraigo me había invadido sin contemplaciones.

Algunos meses después emprendí el vuelo.. Crucé el charco en un caluroso mes de septiembre. Barcelona abrió sus brazos y me acogió en su regazo con olor a mediterráneo y sabor a libertad. Estudié una nueva carrera, me enamoré de una rubia muchacha de la Barceloneta y poco a poco me integré en la nueva sociedad. Así, me hice asiduo no solo de las convocatorias anti-pinochetistas sino también de todas aquellas en la cuales en sus banderas veía reflejado el color de mi sangre y nuevos colores que se sumaban al arcoiris que había aprendido a matizar en las noches de mi prisión. A veces, desde el monumento de Colón miraba el horizonte y me imaginaba ver otro puerto, y en el balcón de un piso, la figura de un recuerdo lejano.

Un viernes por la tarde, viajando de regreso a casa levanté la vista y alejé de un zarpazo la somnolencia que suele invadirme en estos casos. El tren destila humanidad y acoge a los náufragos que como yo cierran los avatares de una jornada monótona y abúlica. Entonces te vi. Mi asombro inicial cedió paso a un estado de angustia y euforia: noto que la garganta se me encoge y aunque tu no me miras, displicente y imbuida en la lectura, reconozco tu mirada, esos ojos marrones, esas pecas que pueblan tu cuerpo más albo que la Cordillera de los Andes…Y tu cabello pelirrojo que cayendo por tus hombros incitan a mirar más allá de la frontera de mis deseos contingentes… No hay lugar a dudas. Eres tú a pesar del tiempo, de las latitudes y las longitudes, a pesar de mis naufragios y de tus evasiones. Estás frente de mí en este vagón frío de Abril mediterráneo… Entonces musito:

─¿ Roxana?

Quitaste la vista de tu lectura. Entonces advierto que el viejo Bukowski, truhán de doncellas, encantador de lengua hiriente, amargado ejemplar de la cultura del imperio había sido objeto de tus ojos, los mismos que ahora me miran entre divertidos y desconfiados…

─ Com diu, senyor? no l'entenc…

De pronto, desde la nube del desarraigo más honda vuelvo a la realidad. Los milagros no existen, menos aún para los escépticos y veinte años son muchos a pesar que el tango diga lo contrario. Mi voz febril y derrotada sólo articula:

─ Perdone, la he confundido…

Tu sonrisa ahora es franca, despreocupada, me miras y añades:

─ No se preocupe, me suele ocurrir mucho este último tiempo. Debo tener una cara muy "universal"…Bueno, me bajo en la estación siguiente. Adéu..

Musito un adiós imperceptible, mientras te sigo con mi mirada derrotada. Detrás de ti una nube de estrellas te persigue jugueteando con tu falda vaporosa y alumbrando mi noche, la que llevo dentro desde hace veinte años cuando en otra latitud, en otro abril perdí para siempre una batalla y quizás tus ojos estrellados. O quizás con este encuentro-desencuentro te haya exorcizado para siempre. Y conjurado también ese otoño que aunque lejano estaba siempre en la raíz de mis sueños, de mis poemas y de las letras que como estas, pensaba escribir para ti algún día.

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