Un nuevo concepto de ocio para los jóvenes de hoy

El debate en torno al lugar que ocupa el ocio en la vida de las personas ha ido en paralelo al modelo productivo y al progreso tecnológico de la sociedad: de tener un carácter reservado para la aristocracia ha pasado a ser un bien supremo, por lo menos por lo que parece irse viendo a caballo de los últimos cambios sociales. Si antes el ocio era mayoritariamente aceptado como una liberación del trabajo productivo, llegando a considerarlo un bien indispensable ante la fatiga de la vida moderna, hoy muchos indicios apuntan hacia otra dirección. El tiempo libre deviene hoy un espacio importantísimo y crucial en la construcción de la propia personalidad, hecho que tiene repercusiones directas sobre el tipo de actividades que se realizan, pero también consecuencias políticas y educativas. La propia sociedad de la información, amparada en la revolución tecnológica, está modificando nuestra manera de aprender, de producir, de trabajar y, en consecuencia, poco a poco, ha cambiado también nuestra manera de vivir ya que las nuevas tecnologías han transformado la perspectiva que tenemos del tiempo y el espacio. Los jóvenes, como colectivo más abierto y sensible a los cambios sociales, son los que sufren de manera más significativa el conflicto entre sus expectativas particulares, en cuanto a trabajo y tiempo libre, y la realidad de la oferta laboral, la estructuración de la jornada de trabajo y su preparación para el uso del tiempo libre con calidad. El nuevo concepto de ocio se centra en objetivos de carácter hedonista, desde donde satisfacer inmediatamente y permanentemente la manera de ocupar el tiempo de no trabajo. Esta opción ofrece un contínuum con la suficiente importancia como para establecer un itinerario vital, cosa que lleva inherente la necesidad de personalizar el propio tiempo libre, buscando nuevas vivencias, experiencias y formas de relación a la medida de cada uno. Este nuevo concepto de ocio pide cambios políticos profundos ya que la precariedad laboral, las jornadas de trabajo y las dificultades para la emancipación de los jóvenes chocan frontalmente con sus propias expectativas personales. Por otro lado, crece el riesgo de una nueva forma de exclusión social entre aquellos colectivos que tienen asegurado su acceso a un ocio de calidad y los que quedan al margen de las nuevas oportunidades sociales, una exclusión que aun siendo eminentemente económica, también se puede producir por condiciones culturales o de género. Pero no se ha de obviar que también se presentan nuevos retos a nivel educativo. Aceptando la vigencia de los postulados de la educación integral, hoy, más que nunca, necesitamos asegurar un proceso educativo capaz de desarrollar las competencias necesarias para la autogestión satisfactoria del tiempo libre, y haciendo que el joven protagonice la toma de decisiones en la construcción de su propio yo desde la necesaria responsabilidad hacia él mismo y hacia los otros. Es necesario, pues, que se produzca una revolución en el mundo de las actividades de ocio que permita un protagonismo más grande del joven y es precisa, especialmente, una amplia reconversión de los espacios de encuentro, diversificando los usos y el tiempo que dedicamos a los espacios públicos y asegurando el acceso a los jóvenes. Se debería garantizar su derecho a reunirse, liberando espacios para ellos, especialmente después de que iniciativas legislativas como la ley del botellón expulsasen la gente joven de las calles. Por una ciudadanía plena sería conveniente, pues, que el mundo educativo refuerce, en sus planteamientos, la formación para la toma de decisiones así como la educación emocional y la tolerancia al fracaso porque el tiempo libre se presenta como un espacio de alto riesgo, donde la diferencia entre las expectativas creadas y la realidad resultan más grandes incluso que en el propio ámbito de trabajo. Consejo de redacción Octubre, 2004

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