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Educar en valores, hoy en día

Los argentinos abollaban las cacerolas porque pasaban hambre. Nosotros las repicábamos en el balcón para mostrar nuestro rechazo a la guerra. Pero como los grandes asuntos del mundo no se guisan en nuestras cacerolas, todo evolucionó según el guión que los poderosos habían trazado. A pesar del sonido opaco que sorprendía cada noche pueblos y ciudades, a pesar de las multitudinarias manifestaciones, no fue posible otra realidad. Y más aún, la derecha no se tambaleó en las urnas, ni mucho menos. Asimismo la apisonadora legislativa nos ha impuesto una ley diseñada desde una mentalidad de corcho –para decirlo de manera suave– y en las escuelas, en los institutos y en las universidades no ha temblado ninguna base. La derecha actúa como los eucaliptos: allí donde se instala desertiza. Entretanto, quizás para impedir que la vergüenza y la estulticia hagan nido en nuestro ánimo, nosotros continuamos hablando y escribiendo sobre valores y educación. ¡Que Dios – o, en su ausencia, a quien corresponda– nos conserve así por muchos años! Llenamos las calles para decir no a la guerra y la derecha sale indemne de ello. Es un caso magnífico para ilustrar la reflexión que hace Daniel Innerarity en Ética de la hospitalidad, cuando expone que vivimos en un mundo en el cual se producen conflictos sociales de difícil traducción política. Esta apreciación es importante, porque las traducciones, las políticas y las de cualquier otro orden, nos introducen a los lenguajes que son útiles para expresar aquello que sucede, es decir, a los lenguajes que nos permiten establecer puentes entre nuestra experiencia y la realidad. Si los nuevos –así llamaban los griegos a los niños– no saben usar estos lenguajes de manera pertinente tendrán serias dificultades para interpretar e interpelar su tradición cultural. Tal como afirma Lluís Duch, en La substància de l’efímer. Assaigs d’antropologia, el hombre en el momento de nacer es un ser desvalido, que necesita lenguajes adecuados para poder instalarse en el mundo, para humanizarse y para humanizar el mundo. Tenemos dificultades para traducir aquello que sucede y, como es lógico, para saber qué y cómo hemos de transmitirlo a las nuevas generaciones. En el centro de estas dificultades podemos situar, sin vacilar demasiado, la llamada crisis de valores. Políticos, pedagogos, tertulianos, articulistas… todos coinciden en pedir que la escuela eduque en valores; todos reclaman más civismo, más solidaridad… pero pocos se dan cuenta de que eso no es lo mismo que pedir que se expliquen, ponemos por caso, las causas y las consecuencias de la Revolución Industrial. Tratar sobre la educación en valores es tratar sobre el mismo acto educativo. Hemos de dejar de hablar –como apuntaba con mucho acierto Philippe Meireu en la última Escola d’Estiu de Barcelona– de la crisis de la educación y empezar a hablar de la educación en tiempo de crisis. Es evidente que este nuevo discurso sobre la educación deben construirlo todos los agentes sociales. El caso es que para construir estos discursos necesitamos puntos de referencia. Pero, ¿dónde podemos localizar estos puntos de referencia? Primera respuesta: lejos de todo lo que supone y conlleva la LOCE. Esta ley es un paso de gigante hacia un modelo de sociedad que no queremos. Esta ley vuelve a tratar de bárbaro a quien es diferente, a quien más necesidad tiene de referentes, a quien se enfrenta a nosotros haciendo uso de las estrategias propias de aquellos que tienen poco que perder. Aunque parezca obvio, tenemos que recordar que en nuestro trabajo, en la labor de educar, la exclusión de la diferencia siempre es un signo de fracaso. Educar es negarse a entrar en la lógica de la exclusión. La LOCE nos lanza a la travesía del desierto, pero tiene un claro efecto colateral: nos hace aún más evidentes cuáles han de ser los puntos de referencia que pueden orientar nuestra educación en el campo de los valores. Este efecto colateral nos permite formular y apostar de manera decidida por una segunda respuesta: la única manera de hacer la travesía del desierto, la única manera de contrarrestar los efectos de la LOCE, es reforzar aún más nuestras pequeñas pero valiosas creencias. Estas creencias las dejamos bien anotadas en las conclusiones del Congreso de Renovación Pedagógica del año 1995. Tratan sobre la necesidad de convertir cada centro educativo en un espacio de dimensiones humanas que facilite la acogida, un espacio donde se abandone la idea de que más allá de nuestro mundo hay bárbaros, un espacio con un clima cálido, mantenido por un equipo docente que trabaje en función de proyectos, con el apoyo y participación de las familias y de los demás agentes sociales. En el momento de plantear hoy en día la educación en valores lo primero que debemos hacer es releernos. Después de releernos necesitaremos centrar la atención en las dudas que ya formulábamos y que ahora podemos plantear con matices distintos. Me refiero a cuestiones como las siguientes: ¿qué características presentan las experiencias que consideramos exitosas?, ¿cuál es el punto de partida en el cual fundamentamos los criterios que nos ayudan a hablar sobre la educación en valores?, ¿la educación en valores requiere unas propuestas didácticas específicas o ha de estar integrada en todas las áreas? Conviene remarcar que entre estas preguntas que apuntamos por su relevancia no tiene un lugar destacado el hecho de plantear listas de valores, probablemente porque a lo largo de estos años también hemos aprendido que las largas listas, aparte de ser objeto de algún debate no demasiado productivo, tienen poca capacidad para orientar la actuación. Con toda probabilidad, es suficiente que busquemos el fundamento de esta actuación en un valor indemostrable e irrenunciable: el otro no me puede ser indiferente. Este es el punto de partida que nunca puede ser objeto de duda. Formular hoy en día el tema de los valores conlleva poner en cuestión desde los centros masificados hasta la distribución de espacios y de horarios, pasando por la manera de configurar los equipos docentes. Los años nos han demostrado que para salvar el Titanic no fue suficiente cambiar de lugar las sillas. Por eso, como ciudadanos y como educadores, cuando nos planteamos el tema de la educación en valores hemos de atrevernos, como recomienda Claudio Magris, a movernos entre la utopía y el desencanto. Utopía y desencanto no se contraponen, sino que se corrigen. Utopía es luchar por las cosas tal como deberían ser. La utopía da sentido a la vida, porque exige ir más allá de la evidencia, porque exige que cada acción esté orientada hacia un sentido. Desencanto quiere decir saber que los dioses han optado por el camino del exilio. Quien cree en el desencanto, cree también en el encanto que las cosas pueden llegar a tener.

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